¿Por qué se sigue menospreciando a las comedias románticas?

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El amor y la risa existían antes de la invención del cine y seguirán existiendo mucho después de que el cine se extinga. Por eso nunca han dejado de rodarse comedias románticas, desde All For A Girl en 1912, y el género se revela como uno de los terrenos más fértiles para comprender la evolución de la sociedad norteamericana: el amor como refugio ante la Gran Depresión de los años 30 (Sucedió una noche), la guerra de sexos en los 40 (La costilla de Adán), la prosperidad económica de los 50 (Sabrina), la liberación sexual de la mujer en los 60 (Desayuno con diamantes), la amargura post-Vietnam y post-Nixon de los 70 (Harold y Maude), la incompatibilidad patente entre hombres y mujeres de los 80 (una década que además fusionó la comedia romántica con el cine de género: Un, dos, tres, splash, Tras el corazón verde), la movilidad entre clases facilitada por el capitalismo en los 90 (Novio de alquiler), la incorporación definitiva de la mujer a los puestos de poder en los 2000 (La proposición) o la gestión de las enfermedades mentales en los 2010 (El lado bueno de las cosas, que huyó de la etiqueta de comedia romántica a pesar de que se beneficiaba de todos y cada uno de sus efectismos). Sin embargo, no solo no se la valora como texto cultural sino que se la menosprecia sistemáticamente en nombre del buen gusto, del arte y de la inteligencia. ¿De dónde viene el estigma contra la comedia romántica?

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1999, el año que cambió el cine para siempre

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“No conozco el futuro. Solo estoy aquí para contarte cómo va a empezar”. Así nos daba Neo en Matrix la bienvenida al siglo XXI y, 20 años después, aquella promesa resume el impacto del cine de 1999. El año de El club de la lucha, Magnolia, El sexto sentido, Cómo ser John Malkovich y American Beauty. El cine americano atravesó un reseteo cultural, un relevo generacional y una apoteosis de creatividad que cambiaría Hollywood y la vida de los primeros millennials que empezaron a ir al cine sin sus padres. La crítica considera 1999, por unanimidad, el año más importante del cine reciente. ¿Pero cómo surgió aquel terremoto artístico?

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Con ‘Pulp Fiction’ el gran público se hizo mayor de golpe

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Hace 25 años Quentin Tarantino fue convocado para la ceremonia de clausura del festival de Cannes. Tanto él como su acompañante, el productor Harvey Weinstein, asumieron que subiría a recoger el premio a mejor guión por Pulp Fiction, quizá una mención especial o un galardón para los actores: Samuel L. Jackson sonaba improbable, ya que tres años antes el festival se había sacado de la manga una categoría inédita (mejor actor secundario) solo para premiarle por Fiebre salvaje, pero John Travolta tenía opciones. Aquel año la crítica se había escandalizado con Pulp Fiction y sí se había mostrado unánime con La señora Parker y el círculo vicioso, Exótica y Tres colores: rojo, que todo el mundo daba por ganadora segura de la Palma de oro.

Cuando solo quedaba un premio, el Palais fue invadido por los gritos de Weinstein: “la Palma de oro Quentin, ¡te van a dar la puta Palma de oro!”. Efectivamente. Mientras Tarantino subía al escenario a recoger el gran honor del festival entre aplausos y abucheos, una señora gritaba “Scandale! Fasciste!”. El director cogió la Palma de oro, miró a su enemiga y le enseñó el dedo corazón. Con esa imagen pasaría a la posteridad su victoria. En aquel momento nadie lo sabía, y desde luego esa señora ultrajada no se lo podía ni imaginar, pero Quentin Tarantino acababa de cambiar el cine tal y como lo conocíamos hasta entonces.

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La gente no puede dejar de hablar de estas nueve cosas sobre la gala de los Goya

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España es corrupta, pero también es fuerte y solidaria cuando trabaja en equipo. Anoche en la gala de los Goya 2019 se premiaron ambas cualidades. El reino recibió siete premios técnicos y artísticos, incluido el reconocimiento a mejor dirección y guion para Rodrigo Sorogoyen, al que se le escapó el de mejor película. El título recayó en Campeones, el filme español más visto del año (cuatro millones de espectadores), que se marcó un triple por la mínima, en una gala donde también se reivindicaron a las minorías. Carmen y Lola, una historia de amor entre dos gitanas lesbianas, ganó la estatuilla a director novel y actriz secundaria. Hay España para todos.

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El truco de los 7 minutos que convierte una serie en un fenómeno planetario

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Sexo, drogas y trap. Los ricos también lloran. Amistades peligrosas con crueles intenciones. Una de las series más populares del año en todo el mundo (estuvo un mes como la más vista) no va a disculparse por recurrir a los clichés de la baja cultura, porque si llevan décadas (siglos) calentando a las masas es por algo. “La obsesión con un culebrón adolescente eurotrash”, titula Vogue. “Tu nuevo drama adolescente favorito”, promete The New York Magazine, donde además se ordenó a los personajes de menor a mayor atractivo físico. “Hasta los padres son sexis”, admiró el Washington Post. Pero Élite no es solo un fenómeno mundial, un producto perfecto y la marca España más ardiente desde el pebetero de Barcelona 92. Élite se toma muy en serio a sí misma.

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Cómo All I Want For Christmas Is You se convirtió en el villancico definitivo

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Las recién ensanchadas aceras de la Gran Vía madrileña saben que ya es Navidad porque están tan atestadas de familias con pelucas, gorros de Papá Noel y (la novedad de 2018) diademas con abeto. En el H&M, una chica pasea con su novio y se detiene ante una camiseta con la portada del álbum Merry Christmas de Mariah Carey. “Ay, me la voy a comprar” exclama, “es que yo en Navidad escucho esta canción sin parar”. Y ahí radica la magia de All I Want For Christmas Is You: esa chica expresa su entusiasmo por “esta canción” como si fuera una afición excéntrica, una costumbre que hay que explicar, una rareza. Como si All I Want For Christmas Is You no fuese escuchada, una y otra vez, por todos los seres humanos del planeta durante las semanas previas a Navidad. Pero todas y cada una de esas personas sienten, como le ocurre a esa chica, que All I Want For Christmas Is You es suya.

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Sexo, mentiras y cintas de música: historia oral de Amistades Peligrosas

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¿Quién dijo que la lucha social es incompatible con echar un polvo? Entre 1991 y 1998, Amistades Peligrosasarrasaron como una versión sin ropa interior de Sergio y Estíbaliz en la España eufórica de los Juegos Olímpicos y la Expo con un pop-rock sudoroso, unas letras insólitas (“basta ya de tanta tontería, hoy voy a ir al grano, te voy a meter mano porque otro gallo así nos cantaría”) y una química sexual que se convirtió en su marca pero que escondía una relación personal insoportable para ambos. Alberto Comesaña y Cristina Del Valle cuentan, por separado, la historia Amistades peligrosas.

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De Babilonia al Grinch: ¿por qué nos gusta tanto quejarnos?

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En el clímax de Network, un mundo implacable (o uno de ellos, porque esa película es todo un clímax cultural en sí misma), Howard Beale exclamaba “¡estoy más que harto y no pienso soportarlo más!” durante su programa de televisión. Ese mantra calaba a tiempo real entre los ciudadanos, quienes se echaban a las ventanas (que no a las calles, que hacía frío) para repetirlo a gritos: resulta tan abstracto (¿de qué está harto, exactamente?) como universal (todo el mundo está harto de algo), de modo que todo el mundo puede identificarse con él.

La queja es tan antigua como el ser humano. Cabe imaginar que, cuando a los primeros microorganismos les salieron patitas, uno de ellos le indicó al otro que estaba caminando mal. Es probable que el que inventó el fuego reaccionó gruñendo por la quemadura que le provocó. Poco después de inventarse la rueda, quizá alguien lamentó que las nuevas generaciones se estaban aburguesando y ya no querían desplazarse a pie. Por este motivo, el cuento de Dr Seuss Cómo el Grinch robó la Navidad está asimilado por completo en la cultura popular americana (no tanto en el resto del mundo: su adaptación cinematográfica de 2000 con Jim Carrey recaudó 345 millones de dólares de los cuales un 75% fue en Estados Unidos). Y en un contrafenómeno perverso, 60 años después de su nacimiento la cara del Grinch aparece en decoraciones navideñas. Moraleja: el quejica siempre acaba formando parte de lo que odia. Como Howard Beale, cuyo odio hacia la televisión en Network, un mundo implacable acababa dándole una audiencia colosal al canal.

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Todas las pelucas de Nicole Kidman, ordenadas de peor a mejor

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Hace una semanas, durante un encuentro con el público, un fan le explicó a Nicole Kidman que estaba preparando un ranking para su podcast Kidmania ordenando todas las pelucas que ha llevado la actriz en el cine. Él quería conocer la opinión de Kidman respecto a la que luce en Destroyer, su última película, y en qué posición la pondría. Nicole despachó a su fan, a medio camino entre el estupor, la irritación y el colegueo, con un “voy a rechazar esa pregunta tan horrible”.

En 1989, antes de ponerse su primera peluca y de casarse con Tom Cruise, explicó que su pelo (muy fino, con rizo cerrado y con mucha cantidad) no servía para hacer ningún peinado con él. Y sin embargo, la convirtió en una estrella: eran los 90, cuando las mujeres indómitas, independientes y seguras de sí mismas lo demostraban empezando por sus rizos. Pero como aquellas (Julia Roberts, Sarah Jessica Parker), Nicole Kidman ya solo lleva el pelo liso. Eso, claro está, cuando es el suyo verdadero porque en la mayoría de sus películas lo ocultó tras una peluca. El calor de los focos, los tintes, los tratamientos y los alisados empezaron a causar estragos y ella optó por peluca en 39 de sus 49 películasen Hollywood. Eliminando aquellas en las que lució su pelo real (Días de trueno, Un horizonte muy lejano, Malicia, Mi vida, Retrato de una dama, Eyes Wide Shut, Los otros -que, total, no había focos-, Rabbit Hole, Secretos de una obsesión y La seducción) este es el ranking que Nicole detestaría leer y afortunadamente nunca leerá.

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