Así se creó Al Amanecer, el himno de Los Fresones Rebeldes con el que cerraste todos los bares

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“No es que me emocione otro amanecer, es que es el primero en que me vienes a ver” solo puede significar una cosa: faltan exactamente 13 segundos para empezar a saltar. Al amanecer, el single que Los fresones rebeldes lanzaron en 1997, lideró la revolución de la música indie en España al convertirse en la canción con la que cerraban todos los bares de España y que bailaban tanto los pijos como los indies, los chonis o los modernos. El recopilatorio Generation Next(editado por Subterfuge y patrocinado por Pepsi, la multinacional que capitalizó la música indie en España) incluyó la canción junto a otros grupos de la discográfica como Undrop, Australian Blonde o Najwajean. La insólita capacidad de Al amanecer para trascender el gusto personal de todo el que la escucha ha ido más allá con el paso del tiempo: también funciona entre gente de todas las edades, emociona independientemente del estado de ánimo (tanto si uno está triste o alegre, en pareja o soltero) y no se desgasta con los usos.

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Balance de OT 2018: ¿nos tomamos un descanso?

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Desde que en 2002 el entonces portavoz del PP en la Comisión de RTVE, Alejandro Ballestero, presumió de que el esfuerzo y la superación de los concursantes del primer Operación Triunfo representaban los valores que defendía su partido, el talent show ha funcionado como una radiografía sociocultural de la juventud española. El año pasado, con las reivindicaciones feministas de Amaia, el beso de Marina con su novio transgénero o la naturalidad con la que Alfred hablaba sobre enfermedades mentales, la nueva generación pareció más consciente de la realidad que las anteriores. Así que, para la secuela, Gestmusic se limitó a reproducir la misma fórmula. OT 2018 prometía más, pero no mejor: faltaban los profesores de interpretación, Javier Ambrossi y Javier Calvo, que como buenos contadores de historias emocionales habían sido los artífices orgánicos de las narrativas, los personajes y los giros de guion de la edición anterior.

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OT gala 13: Se nos rompió el amor, de tanto usarlo

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No es sano meterse en una nueva relación cuando todavía no se ha superado la anterior. Entregas tu cuerpo pero no te involucras emocionalmente, ni le dedicas demasiado tiempo, ni te apetece quedarte despierto hasta la madrugada por ella. OT 2018 empezó siete meses después de que acabase OT 2017. Aún quedaban concursantes de aquella edición por sacar disco, aún había relatos que seguían sin desenlace y aún nadie echaba de menos el formato porque no se había cerrado el ciclo natural de asimilación y superación que exige la experiencia de implicarse en OT al máximo (que es como mejor se disfruta). Y la aparición de Amaia ha sido como reencontrarse con esa expareja y comprobar que no son imaginaciones tuyas, que no has superado OT 2017 porque, como decía la otra Amaia más importante de este país (Montero), el amor verdadero es tan solo el primero.

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OT gala 12: Rojo relativo

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A Ben Burtt se le rompió la grabadora y, al pasar cerca de su televisor, grabó el sonido que emitía el tubo de la pantalla amplificado y distorsionado. Ben Burtt, que era el ingeniero de sonido de La guerra de las galaxias, pensó que quizá podría convencer a George Lucas de que los sables láser de los Jedis (hasta ese momento silenciosos) tuvieran aquel efecto. Y ese sonido se convirtió en un  sonido de tu infancia. A veces la historia se forja mediante errores, y esta noche OT ha ofrecido la gala con más identidad visual de su historia gracias a que alguien de realización ha decidido iluminar todas las actuaciones con 50 focos rojos.

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2018: el año en que Freddie Mercury volvió cuando el mundo más lo necesitaba

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No puede ser casualidad que Freddie Mercury y Mary Poppins hayan regresado a nuestras vidas a la vez. A través de sus películas, Bohemian Rhapsody y El regreso de Mary Poppins, han resurgido como dos agentes de la nostalgia para revalidar su lugar en la memoria sentimental del pueblo: la última vez que vimos a la niñera más famosa del cine prometió que volvería cuando los vientos arrecien más fuerte. Pues ahora la sociedad está en plena borrasca. ¿Su misión? Salvar a todo el que se cruce en su camino. ¿De qué? Probablemente de sí mismos. ¿Su estrategia? Desarmar el cinismo mediante un subidón de azúcar, un vestuario extravagante y un montón de canciones pegadizas.

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Speed: el último blockbuster chatarrero de Hollywood

 

– Hay un hueco en la autopista.
– ¿Y qué hago?
– Pisa a fondo.

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Nadie creía en esta película. Sandra Bullock contaba que antes, durante y después de su rodaje ningún ejecutivo hablaba de ella en Hollywood y si lo hacían era para reírse de su premisa. Paramount pasó del proyecto porque había “demasiado autobús” y cuando Fox se animó a producirla sólo concedió unos míseros 30 millones de dólares para rodarla (aquel mismo año, Mentiras arriesgadas costó 115 millones). Hollywood todavía estaba asimilando el impacto de Terminator 2 y Parque Jurásico y el consiguiente cambio de paradigma que provocaron en el público: ahora que los espectadores conocían lo que los efectos por ordenador podían conseguir, solo querían hipertrofia digital y el hecho de que una película tuviese CGI (“computer-generated imagery”) se convirtió en motivo suficiente para pagar la entrada. Por eso la cartelera del verano de 1994 sigue siendo la más disparatada de las últimas décadas, donde convivieron blockbusters chatarreros y analógicos caducados ya en su estreno (El especialistaPeligro inminente) con virguerías extravagantes cuyos reportajes de “Cómo se hizo” en televisión fascinaban al público con su tecnología inédita (La máscara, Stargate). Y a pesar de todo, los dos mayores bombazos comerciales fueron dramas sobre buenas personas (Forrest Gump y El rey león).

Speed era una película artesana, física y cacharrera. Y ante este panorama, esas cualidades la convertían en una reliquia. Pertenecía a aquella moda de principios de los 90 que vendía todas las películas de acción como “La jungla de cristal en un barco (Alerta máxima), en un submarino (La caza del octubre rojo), en una montaña (Máximo riesgo) o en un aeropuerto (Junga de cristal 2)”. Y esa moda acababa de quedarse obsoleta cuando entre James Cameron y Steven Spielberg sencillamente expandieron la textura, el tamaño y la conmoción del blockbuster como género. Sin embargo, durante los primeros pases de prueba para el público de Speed, los ejecutivos de Fox se dieron cuenta de que tenían algo especial entre manos: los espectadores aplaudían durante la proyección y cuando se levantaban para ir al baño caminaban de espaldas, incapaces de apartar la mirada de la pantalla. Y eso que por culpa de su racanería la producción se quedó sin dinero y en aquellos pases el tercer acto, a bordo de un tren, estaba reemplazado por dibujos en viñetas. Speed acabaría recaudando 350 millones en todo el mundo, colocándose como la 5ª película más taquillera de 1994. El término “éxito sorpresa” nunca fue tan éxito ni tan sorpresa como en este caso. Y todo por su audacia al abrazar un género cansado pero imprimirle verosimilitud, sorpresas y exceso.

“Hay una bomba en el autobús. Una vez haya superado los 80 kilómetros por hora, la bomba se activará. Si baja de 80, explota” sería un excelente eslogan promocional, pero es literalmente una frase real de la película pronunciada por el villano. La generación MTV, incapaz de prestar atención durante más de tres frases, acudió en masa a los cines atraída precisamente por esa premisa que tantos chistes había generado en Hollywood. A esa generación iba dirigida Speed. Tanto es así que cuando Keanu Reeves se rapó la cabeza Fox se planteó retrasar el rodaje hasta que le creciera de nuevo esa melena que decoraba carpetas. Reeves no había sido la primera opción para interpretar al agente de policía Jack Traven. Un hermano Baldwin (no es que importe cuál, pero en este caso fue William) rechazó el guión por parecerle demasiado ridículo. En su lugar, Baldwin prefirió protagonizar Caza legal con Cindy Crawford.

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La jungla de cristal porno.

La incapacidad para expresar emociones humanas de Keanu Reeves le convirtió en un icono de la Generación X (esa que prefería regodearse en su hastío a ponerse a trabajar y que sólo duró 3 años porque semejante apatía vital era incompatible con el progreso de la civilización). Mi Idaho privado y Dulce hogar… a vecesexultaban esa falta de ganas de vivir que Reeves personificaba y por la cual nadie se lo habría imaginado como héroe de acción clásico. Jack Traven era lo opuesto al nihilismo de la Generación X: le importaba estar vivo, luchaba por el bien mayor y sus armas eran la energía, el honor y la justicia en vez del sarcasmo, el cinismo y la ironía (en Reality Bites, el manifiesto oficial de la Generación X, Winona Ryder explicaba que la ironía era muy importante para ella aunque no supiera explicarla y hasta Alanis Morrissette hizo una canción sobre la ironía). Jan de Bont insistió en contratar a Reeves porque le gustaba su vulnerabilidad: no resultaba amenazante para los hombres y a la vez atraía a las mujeres con esa cara de chaval formalito que desayuna muffins. [En el doblaje español, por cierto, esos muffins fueron traducidos como “bollos”, porque la globalización aún no nos había enseñado lo que es una magdalena de cinco euros]. Ni siquiera Reeves se veía a sí mismo como un héroe de acción, de modo que aceptó el papel bajo la condición de que su personaje fuese menos flipado y más sensible. Ahí entró Joss Whedon, quien reescribió casi todos los diálogos (según el único guionista acreditado, Graham Yost, casi el 90%) convirtiendo al agente Traven en “un tipo muy educado que quiere impedir que la gente muera” y a la conductora por sorpresa Annie en una entrañable pero muy espabilada chica de al lado. Whedon se distanció así de la muy ochentera combinación “tipo duro + histérica insoportable” que proponía el guión original de Graham Yost (por ejemplo, en “La jungla de cristal en un barco”, Alerta máxima, la única chica aparece acreditada como “Miss Playboy de julio” y se pasa la película en tetas) con la misma emotividad que le haría millonario 18 años después cuando escribió y dirigió Los Vengadores.

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Cuando otro conductor te grita “¡mujer tenías que ser!”.

Esa misma empatía se pone de manifiesto en los pasajeros del autobús. Son personas de mediana edad, de diferentes razas y de clase media-baja. Son el tipo de personas que coge autobuses. La mayoría de ellos no tienen diálogo (es mucho más caro pagar a un extra con frase que a uno silencioso y aquí no estaban para depilfarrar dinero), pero gracias a su aspecto y a sus genuinos sobresaltos ante cada nuevo peligro el espectador sufre por ellos. Esto lo consiguió el director, el debutante Jan de Bont, al no avisarles de cuándo ocurrirían los destrozos, las explosiones o los volantazos para que sus reacciones fuesen reales. Tampoco les indicaba cuál de las múltiples cámaras situadas alrededor del autobús les estaba grabando en cada momento. De Bont era un narrador visual que venía de ejercer como director de fotografía de La jungla de cristal ,Arma letal 3 o Instinto básico (él fue el aliado de Paul Verhoeven en la estratagema para hacerle creer a Sharon Stone que la cámara no captaría su hoy mítica entrepierna en la escena del interrogatorio) y sabía que Speed necesitaba resultar tan auténtica como apabullante y aparentemente fuera de control (de hecho “Speed. Fuera de control” habría sido un buen título español, pero optaron por Speed. Máxima potencia): en ningún momento dejan de pasar cosas. Por eso su urgencia narrativa sigue funcionando 25 años después.

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Cuando el autobusero arranca sin esperarte pero tú no te rindes.

Sin importarle resultar estresante, Speed empieza por todo lo alto (la “presentación” del protagonista se limita a su coche entrando en el plano casi volando y, evidentemente, a cámara lenta) y a partir de ahí no descansa ni un minuto. Su estructura es casi experimental: arranca con lo que sería el clímax de cualquier película de acción tradicional (el villano llevando a cabo su maléfico plan en un ascensor) y está compuesta en realidad por tres terceros actos. El ascensor (el que recurre a más clichés), el autobús (el más largo y reclamo promocional) y el metro (el que nadie recuerda). Ver Speedes como ir a un restaurante y pedir tres postres: no es necesariamente alimenticia, pero sí tremendamente saciante. Ven por la premisa, quédate por todas las sorpresas. Keanu desactivando la bomba debajo del autobús aún en marcha, Keanu trucando la grabación con un bucle para que el villano no vea el desalojo, una señora pesada que se empeña en saltar del autobús en marcha y muere arrollada por las ruedas exactamente tal y como el terrorista ha advertido, Sandra atropellando lo que parece un carrito de bebé pero resulta estar lleno de latas y pertenecer a una yonki, Keanu y Sandra abandonando el autobús en último lugar tumbados sobre una plancha y derrapando. Reeves rodó la mayoría de ellos sin necesidad de dobles.

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Bueno, este igual no es Keanu.

La ternura del personaje de Reeves apelaba a un arquetipo masculino que cristalizaría a lo largo de los años posteriores (Jack Traven no hace ningún tipo de chiste sobre el hecho de que una mujer conduzca el autobús) y esa nueva masculinidad pasaba por dejar brillar a su compañera: Annie no es una damisela en apuros, sino que es tan activa en la acción como Jack. Si en 1990 Fotogramas dudaba de que una mujer con el aspecto corriente como Meg Ryan pudiese ser una estrella, para 1994 “la chica de al lado” ya era uno de los perfiles más rentables de Hollywood. Sandra Bullock era esa mejor amiga cuya posesión más preciada es el abono transporte y que sabesque siempre va atrasada con el alquiler. Aun así el estudio intentó fichar a Julia Roberts (“Nadie se habría creído a Julia conduciendo ese autobús”, explicaba el director, entre otras cosas porque sabemos que Julia lleva sin coger un autobús desde 1987). Tampoco habría colado la otra candidata, Meg Ryan, porque el público estaría esperando que en medio de la persecución se enfurruñase y le pidiese consejo a los pasajeros en peligro de muerte para solucionar su enredada vida sentimental. Pero nadie esperaba nada de Sandra Bullock, y esa acabó siendo su cualidad más valiosa.

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Sandy acabaría forjándose una carrera entera basada en chocarse con cosas, desde Miss agente especial hasta Gravity o Birdbox.

Aitana Sánchez-Gijón contaba que, durante el rodaje de Un paseo por las nubes, solía gritarle en español a Keanu que era “un soso de cojones” como buena española impertinente. Pero Sandra Bullock, que a diferencia de Aitana sí quería seguir trabajando en Hollywood, prefirió aprovechar la timidez y hermetismo de Keanu para convertirse en una estrella ya en el propio set de rodaje. Loyda Ramos, quien interpretaba a una pasajera, recuerda que se presentó en ese rodaje decidida a odiar a Sandra porque le había quitado varios papeles pero fue incapaz. Sandy bailaba salsa con los extras latinos entre tomas, dejaba cacas de broma en los camerinos de sus compañeros y promovió una protesta contra el calor que hacía en California quitándose el sujetador y sentándose encima de él. Todas las mujeres del equipo se unieron a su causa y aún conservan la foto que se hicieron sentadas en la carretera para conmemorar la protesta.

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Para la película, Bullock se sacó el carnet de conducir autobuses a la primera, como después haría Victoria Beckham para SpiceWorld en lo que debe de ser lo único que tienen en común esas dos.

Las crónicas de la época ya daban por hecho que Sandra Bullock iba a ser una estrella. Solo tenía que trasmitir ese carisma a través de la pantalla y el mundo entero se enamoraría de ella. Keanu, por su parte, apenas hablaba con nadie. Su mejor amigo River Phoenix acababa de morir y no estaba para bailar salsa, de modo que los productores le pidieron a Bullock que por favor le espabilase. [El pobre Keanu creyó que Sandy estaba ligando con él y le dio calabazas gentilmente, lo cual ofendió a Bullock]. Años después, Reeves contaría que recitaba las líneas de su siguiente proyecto teatral (Hamlet, el personaje con más frases de Shakespeare: 1476) porque tenía mucho espacio en la cabeza. ¿Y qué dice eso de Speed? “Que no es Shakespeare”.

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“Ay, ¡acabo de pillarlo!”

La química entre Reeves y Bullock también contribuyó a la frescura de Speed, al estar basada más en la camaradería y en hacer un buen equipo que en el romance noventero de turno (ese en el que un hombre y una mujer no se soportaban durante toda la película pero inexplicablemente se enamoraban al final). “Las relaciones que surgen en condiciones extremas nunca salen bien”, asegura Annie con una cautela que les habría venido fenomenal a Maria José Galera y Jorge Berrocal en Gran hermano), y de hecho quizá Jack y Annie ni siquiera se hagan novios. Pero ese beso final tirados en medio de la carretera, fruto de la adrenalina acumulada, desembocará como mínimo en un polvazo frenético que ambos desde luego se merecen.

Lo cierto es que por culpa de Speed 2sabemos que Annie y Jack efectivamente no acabaron juntos. Esa película no nos ha dado nada bueno. Keanu Reeves la rechazó bajo la lógica aplastante de que “se llamaba Speedy tenía lugar en un trasatlántico; y un trasatlántico es más lento que un autobús”. Fox le vetó durante 15 años. Así que Annie se emparejó con un señor muy peludo llamado not-Keanu-Reeves para una secuela que era como ver Titanic a cámara rápida y en una tele muy fea. Speed 2 es a menudo definida como la película más estúpida de la historia del cine (lo cual da un poco de ganas de verla, la verdad) y tiene un 3% de críticas positivas, en concreto dos: las de los prestigiosos Gene Siskel y Roger Ebert, quien la defendió argumentando que “no se puede hacer una película mejor sobre un trasatlántico fuera de control”. Lógica aplastante.

Sandra Bullock sólo aceptó Speed 2a cambio de que el estudio financiara Siempre queda el amor, así que definitivamente no salió nada bueno de aquella secuela. Speed 2 sirve como radiografía del Hollywood más cutre, ese que cree que una buena secuela es aquella que es más ruidosa que su predecesora. Con un presupuesto de 100 millones, Speed 2 es todo lo que no eraSpeed: antipática, aburrida e impersonal.

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Masc x masc.

En 2012, un niño salvó la vida de sus compañeros del autobús escolar cuando tomó el volante después de que el conductor sufriera un infarto. Cuando los reporteros le entrevistaron, explicó que se había limitado a emular a la protagonista de su película favorita,Speed. Casio volvió a fabricar su reloj cuadrado de oro porque Keanu Reeves llevaba uno en la película. Y Sandra Bullock se convirtió en un improbable mito erótico cuando ganó el MTV a la “Actriz más deseable” imponiéndose, atención, a Cameron Díaz por La máscara, Demi Moore por Acoso, Sharon Stone por El especialista y Halle Berry por Los Picapiedra. “Ahora la gente coge más el autobús” presumía Sandra Bullock en 1994, “hay más colas en las paradas que en los cines donde proyectan El rey león“. Una semana después de su estreno, la persecución de la policía a O. J. Simpson en su Bronco blanco (emitida por los informativos como una genuina película de acción a tiempo real) le dio publicidad extra aunque no la necesitase: Speed fue el fenómeno cinematográfico más sorprendente de un verano en el que parecía que no cabían más películas-evento.

Jan de Bont decía, tras el éxito de Speed, que le encantaría hacer un thriller frenético pero Hollywood le tiró un puñado de millones a la cara y acabó haciendo Twister (gracias por tanto, Jan). Tras Speed 2, La guarida y Lara Croft. La cuna de la vida, De Bont se retiró del cine y ahora se dedica a la fotografía. “Jan de Bont tuvo dos cojones enormes para hacer Speed” admiró Sandra Bullock en 2004. El exdirector cuenta que, incluso cuando está de vacaciones en la isla más remota del Pacífico, se topa con Speed en la tele. Porque la tensión, la adrenalina y la emoción trascienden a los idiomas, a las culturas y al paso del tiempo. Por eso aquella película intrascendente que se estrenó pasada de moda sigue molando 25 años después. Eso sí que es un efecto especial.

Este es un capítulo eliminado de Generación Titanic, el libro del cine de los 90. https://www.amazon.es/Generación-Titanic-libro-del-cine/dp/8416961425

Por qué el mundo todavía no ha superado ‘El rey león’ [capítulo eliminado de ‘Generación Titanic’]

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– Eh, tío Scar, ¿me gustará la sorpresa?
– Simba, es para morirse.

Si la sabana africana necesita regirse bajo su propio orden para subsistir, las oficinas de Disney también. El proyecto de Pocahontas, el primero de la compañía basado en hechos históricos, representó una brecha de clases dentro de la compañía: los mejores artistas del estudio se abalanzaron sobre ella porque parecía destinada a legitimar el prestigio cultural de Disney; mientras que los novatos se quedaron con una inofensiva fábula de animalejos apodada Bamblet (Bambi+ Hamlet), el primer guión original de Disney, que se desarrolló apaciblemente porque ningún ejecutivo le prestó la menor atención. Los leones se fueron a Pocahontas, los antílopes a El rey león. “¿Pero quién va a querer ver esta película?” preguntaba uno de sus 29 guionistas.

El único que causó problemas durante la producción fue Elton John. El compositor Alan Menken, como buen líder de la manada (venía de ganar seis Oscars con tres películas consecutivas), pasó total deEl rey león para centrarse en la que él consideraba su obra magna, Pocahontas. Y tras tantear a Benny Anderson de ABBA, Disney se decantó por Elton John. Antes de la primera proyección, nadie se atrevó a comentarle a Elton lo que habían perpetrado con su power-ballad, Can You Feel The Love Tonight?, y cuando el cantante descubrió que la supuesta cima emocional de la película era cantada por un jabalí y un suricato se dio la vuelta, gritó “acabáis de joder la película entera”. Hans Zimmer, el compositor de la música instrumental, acabaría siendo el encargado de escribir los arreglos étnicos de las canciones. Por ejemplo, todo lo que ocurre en Circle Of Life que no es la melodía princial (esto es, los cánticos iniciales, los coros y la música que suena mientras Rafiki “bautiza” a Simba) es obra de Zimmer. Pero cualquiera le propone a Elton compartir los créditos como compositor.

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Por lo visto nadie se atrevió a decirle a Elton
que el lino ya estaba pasado de moda en 1994

Porque lo que Elton John no sabía es que el romance era la menor de las preocupaciones de El rey león. Quizá el amor jamás ha importado menos en una película de Disney como aquí. Y ese es uno de los motivos por los que es una absoluta rareza en el canon de la compañía y en el cine en general, aunque hoy esté tan asimilada por la sociedad que parezca hasta convencional. El rey león es una parábola existencialista, política y psicológica.

A diferencia del resto de protagonistas de Disney, el conflicto de Simba no radica en su anhelo de cambiar su vida y su relato no consiste en cómo consigue ascender socialmente mediante el amor a primera vista (tiene la misma novia desde que nace), las canciones (hay solo cinco) o los hechizos mágicos (Rafiki es un magufo, pero no efectua cambios drásticos en la trama como el Genio de Aladdin y para lo único que usa sus unguentos es claramente para fumárselos). Básicamente porque Simba no puede ascender socialmente, así que su viaje será el de asumir exactamente el destino que le es otorgado en la primera escena: la estructura narrativa de la película es circular porque el ciclo de la vida no es solo un temazo, es la trama de la película. A Simba le encanta su vida y el único inconveniente es que el tiempo lo transcurre lo suficientemente rápido porque él no puede esperar a ser rey. Como todos los niños, Simba aún no sabe que la vida adulta es una estafa pero spoiler: va a descubrirlo.

Simba atraviesa el trauma (la muerte de su padre), la culpa (su huida, presa de la depresión, hacia el anonimato, hacia la no existencia) y la redención (la derrota de su tío Scar y la asunción de su responsabilidad política). El rey león es un relato sobre la crisis de identidad. Y por eso el espacio funciona temáticamente: el cielo tiene una presencia abrumadora en varios planos de la película (el sol es inmenso, las estrellas infinitas, el desierto inabarcable) para expresar que Simba, que se cree el centro del universo, es en realidad una partícula intrascendente dentro de él. Los recursos cinemáticos, más cercanos a Lawrence de Arabia que a La sirenita, aportan densidad, épica y gravedad a la película. Hay cambios de foco (esas hormigas en primer plano que se desenfocan para que nos fijemos en las cebras), hay cámara lenta, hay planos “de grúa” acercándose vertiginosamente a la Roca del Rey y hay un zoom oprimiendo a Simba justo cuando se percata de la estampida como si el mundo estuviera derrumbándose sobre sus hombros porque eso es exactamente lo que está a punto de ocurrir.

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Podrás verlo mil veces y seguirás sin explicarte cómo demonios hicieron este zoom,
entre otras cosas porque tu corazón se está rompiendo en pedazos.

Cabe suponer que si Disney hubiera estado más pendiente de esta producción, habría insistido en aclarar detalles que a priori podrían alienar a los espectadores infantiles. En teoría, a un niño le resulta difícil de comprender por qué Simba huye a la selva convencido de que él ha matado a su padre (Scar le convence de que así es y Simba, angustado por el estrés post-traumático, genera el recuerdo en su memoria porque los niños confían en la versión de los hechos de los adultos), pero la libertad que el equipo de la película disfrutaba les permitió correr riesgos narrativos. Durante las 27 reescrituras de guión (el primero original en la historia de Disney), eso sí, descartaron ideas como explicar quién es el padre de Nala o que el detonante de la huída de la leona fuese el acoso sexual por parte de Scar.

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Cuando te enteras de que vas a casarte con tu prima
y que no pasa nada porque en las familias reales es totalmente tendencia.

El villano es uno de los pocos detalles que El rey león es un producto de los 90. Afeminado y británico (vaya vaya, como Elton John), Scar responde a la tradición heredada del Hollywood ochentero al servicio de Ronald Reagan de que lo ajeno era sinónimo de peligro. Por ese mismo motivo, Úrsula de La sirenitaera británica (y travesti) y Yafar era el único personaje de Ágraba con acento árabe en AladdinEl rey león va más allá y el miedo a lo no normativo se vuelve un prejuicio social hacia las hienas: Shenzi es negra, Banzai es hispano y Ed es un tarado. El plan de Scar consiste en dejarlas entrar en las fronteras del reino, en calidad de refugiadas políticas, mientras Mufasa deja claro que esa chusma no debe salir de su gueto (un cementerio de elefantes coloreado como las malas calles de cualquier gran ciudad). La alianza entre Scar y las hienas culmina con un número musical inequívocamente inspirado en los discursos de Adolf Hitler con el que Disney apela a un terror siniestro no fantasioso, sino reconocible por el espectador adulto.

Al inspirar su conflicto en Hamlet, la ideología política de El rey león se deja llevar por códigos medievales. Tal y como subraya Anthony Perrotta, la moraleja de la película es explícitamente conservadora y continuista: “El patrocinio de El rey león de una sociedad basadaen la jerarquía que surge por naturaleza retoma la idea de la Gran Cadena del Ser de Platón, la cual dominó [la política] de la Edad Media y aparece de forma prominente en las obras de Shakespeare. Esta noción religiosa planteaba que toda persona y criatura tiene un lugar designado por Dios en el universo y cuando esa cadena del ser es perturbada (es decir, si demasiadas criaturas se mueven de su posición estipulada), el resultado será el caos y el mal”.

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– ¿Ya es hora de desayunar?
– Sí cariño, tú eres el aperitivo.

Por eso El rey león parece, por momentos, un melodrama sobre los problemas de la gente rica. Porque al fin y al cabo peor lo tienen las cebras, honradas de postrarse ante un rey que va a comérselas, y nadie hace una película sobre ellas. Mufasa, con diferencia el monarca de Disney que más ha ejercido su función, explica que no pasa nada porque cuando los leones mueres sus cadáveres alimentan la hierba y luego los antílopes se comen esa hierba. Lo cierto es que los antílopes sufren una muerte sorpresa, sangrienta y dolorosa, mientras los leones se mueren durante la siesta. No es exactamente lo mismo, Mufasa. Y resulta curiso que El rey león, una parábola sobre lo necesario que es asumir tu lugar en la sociedad, se estrenase justo después de Aladdín, una eufórica apología del trepa social.

Sin embargo, todo esto no significa que los bichos no vayan a cantar.

Timón y Pumba suponen la mayor maniobra de distracción del cine de los 90. La brutalidad de la muerte de Mufasa, que traumatizó a toda una generación de niños no por ser la primera muerte que veían en una película sino por ser la primera que tenía consecuencias, queda disipada por un segundo acto en el que El rey león se convierte en una comedia de colegas. Hay hasta eructos, los primeros en Disney, en torno a los cuales Shrek haría cuatro películas enteras. Porque es más reconfortante pensar que lo que brilla en el cielo son luciérnagas (nihilismo) y no bolas de luz brillando a millones de kilómetros (ciencia) o nuestros antepasados observándonos (religión). Simba crece, se convierte en el león más atractivo de la historia y abraza el nihilismo de la generación X: Hakuna Matata (un nada disimulado reciclaje de Don’t Worry Be Happy) funciona como terapia para Simba y para los espectadores. Para ello la película recurre en este episodio a una cantidad asombrosa de cancioncitas con las que distraer a los niños (“en la jungla, la negra jungla, dormido está el león”; “nadie sabrá lo mucho que amé”; “un mundo pequeño”; el irritante hilo musical que jamás deja de sonar en los parques temáticos de Disney; “si tienes hambre yo te voy a dar (dirilididi) dos buenos cocos de verdad” o el numerito hawaiano de Timón y Pumba) tan descaradas que hasta cuando Pumba está describiendo el bullying que sufrió de pequeño Timón mira a la cámara y avisa “Pumba, que hay niños delante”. Pues sí que los hay, y parece que se os había olvidado.

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¿Oís eso? Es el sonido de millones de infancias destruyéndose.

La cámara se aleja deliberadamente del otro peliculón que hay en El rey león, el declive de la civilización causado por la ineptitud de Scar como líder. Cuando la chica aparece para contárnoslo y cortarle el rollo al héroe (otro síntoma de que estamos en los 90), Nala y Simba retozan en los que son los preliminares sexuales más evidentes jamás mostrados por Disney: ella le lame la cara, van cambiando posturas y le pone cara de “tuyo es, mío no”. Y por tanto dos ritos de madurez (la pérdida de la virginidad y la conversación con el fantasma de su padre) empujan a Simba decidir si ser o no ser (rey). Timón y Pumba, por su parte, alucinan al descubrir que su colega les está dejando tirados por una novia y va a perderse sus juergas de león. Ese es otro paso en el camino a la vida adulta, pero de nuevo los niños tardarían todavía unos años en comprobarlo.

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Viscoso, pero sabroso.

Scar es tan mal rey, por lo visto, que hasta la hierba ha dejado de crecer en la región. Pero en cuanto Simba recupera su trono regresa el verdor a las praderas, los animales vuelven para ser devorados por sus líderes y las hienas recuperan su lugar: el final de la cadena alimenticia. La conclusión es que intentar cambiar el status quo sólo traerá problemas y esa es una amenaza que todo el mundo (niños y adultos, occidentales y orientales) puede entender. La consecuencia es que nadie quiso perdérsela.

Cuando Disney lanzó el tráiler precediendo a Los tres mosqueteros y Sister Act, de vuelta al convento, al no estar la película acabada, se limitó a presentar sus primeros minutos: desde que amanece al ritmo de “Nants ingonyama” (en español comunmente conocido como “achigüeña”) hasta que un babuino ensalza al heredero al trono e irrumpe el título de la película. No hizo falta más para que El rey león se convirtiera en la segunda película más taquillera de la historia (por detrás de Parque jurásico) por el mismo motivo por el que, 24 años después, recuerdas perfectamente todo lo que ocurre en esos primeros minutos.

La nula sutileza de su mensaje, unida a la majestusidad de su ejecución, convirtieron a El rey leónen una obra universal. El humor también era ciertamente más banal que en las anteriores películas de Disney y, por lo tanto, más accesible: “Pumba, todo lo tuyo es gas”, “está más furioso que un rino con hernia” o “me postre a sus pies”, aunque simpáticos, son chascarrillos escritos por guionistas para los que el concepto de “doble sentido” sólo se aplica a las carreteras. El cine de animación dejó oficialmente de ser para niños y se acuñó lo de “para todos los públicos”, un estatus del que a partir de El rey león se beneficiaría mucho más Pixar que la propia Disney. Su banda sonora ganó (otros) dos Oscars y vendió más de 10 millones de copias, el cuarto disco más vendido de 1994. Gracias a El rey león aprendimos la palabra “abdicar”, aprendimos a asumir la muerte y aprendimos que, en caso de pelea, hay que ir a la yugular. Años después, cuando Michael Jackson intentó imitar a Rafiki sacando a su bebé a la ventana, lo que aprendimos fue que no hay que creerse todo lo que sale en las películas de Disney. Y si no que se lo digan a Jeffrey Katzenberg, el presidente de la división de animación del estudio, que sacó a pasear un león de verdad durante un evento promocional y se puso tan nervioso que casi le come la cara.

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Porque, según los rumores, Katzenberg es lo más parecido a una hiena
que ha trabajado en Hollywood.

Pero El rey león caló en la cultura popular hasta el punto de que, según señala Peter Bradshaw, los documentales de la naturaleza apostarían por el antropomorfismo a partir de entonces: “El documental Un cuento polar mostraba a un osezno y una foca llamados Nalu y Seela, como si esos fueran los nombres que sus padres les habían dado, y está construido mediante una narrativa y una ternura cuya retórica emocional proviene de la de El rey león“. Porque tal y como concluyó Noel Ceballos inspirádose en Les Animaux Nous Traient Malde Gérard Wajcman, “la mirada humana descubre orden en la sociedad animal, un estadio evolutivo donde todo está en el lugar que debería”. O como explicó el propio Wajcman, “como forma de consuelo, miramos los documentales de animales y nos maravillamos ante un mundo incontaminado por el lenguaje”.

El rey león es (y, por motivos evidentes, será para siempre) el VHS más vendido de la historia, un récord que batió tras sólo dos semanas en el mercado. Su adaptación teatral es el musical más exitoso jamás producido y su relanzamiento en cines en 3D en 2011 fue número 1 en la mayoría de los países donde se estrenó. Ha acabado pasando a la posteridad como una de esas películas más grandes que la vida misma, tan épica como emocional, porque como explica su productor Don Hahn “es una carta escrita a mano, cuyo formato ha quedado obsoleto pero su mensaje es atemporal”. Una historia que seguirá emocionando mucho tiempo después de que nosotros no estemos. Porque El rey león no es solo una película que marcó a una generación: hoy, verla es parte del ciclo de la vida. Respondiendo a la pregunta de aquel guionista (“¿pero quién va a querer ver esta película?”), todo el mundo. Literalmente.

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A que ahora tienes un montón de ganas de volver a verla.

[Este es un capítulo eliminado de ‘Generación Titanic, el libro del cine de los 90’] https://www.amazon.es/Generación-Titanic-libro-del-cine/dp/8416961425/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1540373058&sr=1-1

Amaia: hay una mujer en España que lo hace todo bien y tiene 19 años

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Amaia Romero (Pamplona, 1999) parece lo único en lo que este país se pone de acuerdo. El lanzamiento de su primera canción post-OT, una colaboración con el grupo indie madrileño Carolina Durante, desafía ese tópico (que tantos disgustos le ha dado a Penélope Cruz) de que la sociedad española lleva regular el éxito ajeno: el single ha sido recibido con tanto entusiasmo como todo lo que Amaia ha dicho, cantado o dejado de depilarse en los últimos 13 meses.

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https://elpais.com/elpais/2018/12/03/icon/1543833564_736180.html

OT gala 11: Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000

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En la gala 11 de OT 1, Chenoa y David Bisbal cantaron Escondidos. En la gala 11 de OT 2017, Aitana asentó su segundo puesto con Procuro olvidarte. Ambas actuaciones pasarían a la historia del concurso no solo por su emoción abrumadora, sino por los sentimientos reales que representaban. Por el genuino cariño que la audiencia sentía hacia sus intérpretes y el deseo de ver felices a esos concursantes. La mejor actuación de la gala 11 de OT 2018 ha sido la de Famous, una persona absolutamente desconocida para el público del programa.

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https://elpais.com/cultura/2018/12/06/television/1544083887_082734.html

OT gala 10: Su culo es miel

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El recientemente fallecido William Goldman ilustraba la diferencia entre realista y verosímil con la historia de aquel señor que se coló en el palacio de Buckingham, evitó todos los controles de seguridad y se metió en la habitación de Isabel II. Es realista (porque ocurrió) pero no verosímil (porque nadie se lo creería de verlo en una película). Pues Pablo, el novio de María, es realista (porque ocurrió) pero no verosímil (porque nadie se lo creería si se le describe en una crónica). Y además es lo más auténtico que ha ocurrido en toda esta edición de Operación Triunfo.

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https://elpais.com/cultura/2018/11/29/television/1543472752_160431.html