Entrevista: Juan Antonio Bayona

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La primera película que Juan Antonio Bayona (Barcelona, 1975) vio en una sala de cine fue Superman y el hombre que posa para el fotógrafo explicando sus preocupaciones (“si me cuelgan las piernas de la silla parezco un niño en traje”) parece Clark Kent, aunque, en realidad, hay que ser Superman para sacar adelante una producción de 260 millones de dólares (213 millones de euros). “No son tantos, son bastantes menos”, matiza.

Y, sin embargo, promete que Jurassic World: el reino caído (estreno el 7 de junio) incluye la escena más grande jamás vista en la saga. “Es evidente que lo es. Cuando veas la película lo entenderás”, asegura. ¿De dónde sale esta seguridad en sí mismo? “Las escenas que he tenido que pelear más son las mejores de la película. Insistí mucho en la secuencia del indorraptor colándose en el cuarto de una niña, porque está basada en mi miedo infantil de que Drácula entrase por mi ventana; o en la pelea de dinosaurios en ese mismo cuarto, que emula la fantasía de cuando éramos niños y jugábamos con muñecos de estos animales”.

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¿Y si ‘Grease’ era más feminista de lo que parece?

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Grease lleva cuatro décadas funcionando como uno de los fenómenos más disparatados entre tres generaciones distintas de espectadores. Se trata de una parodia del cine adolescente de los 50 (Rebelde sin causa) y una extravagante producción rodada en la década más austera de Hollywood (los 70) que sin embargo fascinó inexplicablemente al público infantil, el último demográfico al que la película estaba dirigida. Grease lleva 40 años siendo disfrutada, bailada y rebobinada por niños y niñas que no captan las referencias a Ben-Hur (otra película de los 50, cuya escena de las cuádrigas es imitada durante la carrera de coches), a la homosexualidad de Rock Hudson (durante el número Look At Me, I’m Sandra Dee) o a la comicidad del lamento de Danny Zucko en Sandy, a pesar de estar cantándola en un columpio con un anuncio de salchichas detrás.

Grease sobrevive en el imaginario colectivo asentada sobre dos pilares culturales: es uno de los mayores clásicos populares de la historia (de esas pocas películas que no necesitan el reconocimiento crítico para mantener su relevancia) y es un ejemplo proverbial en las retrospectivas de “películas cuyos valores han envejecido regular”. El número final en el que Sandy decide someterse no solo a un cambio radical de imagen, sino de carácter e identidad (se convierte, literalmente, en otra persona), es a menudo analizado como un paradigma machista, opresivo y casposo. Incluso los que lo denuncian son sensibles de caer en el mismo machismo que critican: en junio de 1998, la revista Cinemanía describió en su sinopsis que “Sandy se transforma en una putilla para conseguir al hombre de sus sueños”. ¿Pero realmente es para tanto?

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La verdadera historia detrás de Tom Cruise, Oprah Winfrey y el sofá

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Saltar el sofá: Comportarse de manera extraña y energética que sugiere que el individuo ha perdido el control sobre sí mismo.
Diccionario MacMillan, 2008.

Has hablado de ello muchas veces durante los últimos 13 años. Tom Cruise, extasiado por su amor hacia Katie Holmes, se pone de rodillas ante Oprah Winfrey, le agarra las manos zarandeándola y culmina el número prendiendo un castillo pirotécnico al saltar sobre el sofá.

Lo que ardió aquel 23 de mayo de 2005 no fueron fuegos artificiales, sino la imagen pública de Tom Cruise. Bajo los cojines de ese sofá se abrió el abismo del chiste, el meme y el estigma: la sociedad occidental llegó a la conclusión de que Tom Cruise está como una regadera de forma colectiva, unánime e irreparable. Pero aquella anécdota, tratada por los medios americanos como un asunto de Estado, fue fruto de la mala información. La información a medias. Las fake news. Y el culpable fue, paradójicamente, un nuevo mundo en el que en teoría tenemos acceso a más información que nunca. El episodio de Tom Cruise saltando sobre el sofá de Oprah Winfrey (no es el de su casa, pero ella se comporta como si lo fuera y nosotros también) es la piedra angular de la cultura pop del siglo XXI, la piedra Rosetta del Hollywood moderno y la primera piedra en la tumba de la última estrella de verdad que nos quedaba. Para comprender su impacto hay que empezar por el principio. Y esta historia empieza, como casi todas las de los grandes hombres, con una mujer.

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Auge y caída de la secta que atrapó a la actriz de Smallville

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Las dos adolescentes enamoradas de Clark Kent en Smallville sufrían el síndrome de la precuela: el espectador tiene mucha más información que los personajes. Sabía que, independientemente de lo que sucediera a lo largo de las 10 temporadas y 217 episodios, Kent se mudaría a Metrópolis y se casaría con Lois Lane. Lana Lang (Kristin Kreuk), al menos, veía sus sentimientos correspondidos. Chloe Sullivan (Allison Mack), que además era prima de Lois Lane, acarreaba la desagradecida misión de acompañar a Clark con una lealtad ciega, ingenua e incondicional fruto de un amor que nunca llegaría a materializarse. El espectador sabía que Chloe jamás sería la novia de Clark. Y ella, en realidad, también lo sabía.

Al final de la sexta temporada, Chloe adquiría sus propios poderes (la capacidad de curar a los demás) y ya no era un artilugio narrativo, sino un personaje con identidad. Pero el guion, inevitablemente, le colgó un novio (Jimmy Olsen) en esa misma temporada para reafirmar la caracterización de Chloe como mujer con su propio relato. La única forma que se les ocurrió de desetiquetar a Chloe como comparsa de Clark fue arrejuntarla con otro hombre. Aquel mismo año, en 2007, Allison Mack repitió la tradición de pedirle a sus fans que donasen dinero con motivo de su 25º cumpleaños para una causa benéfica (ayudar a mujeres emprendedoras en México), pero, una vez recaudados más de 4.000 dólares, el dinero fue desviado a World Audience Productions, una empresa privada de Lauren Salzman. En la pantalla, Chloe Sullivan por fin tenía una misión. Fuera de ella, Allison Mack también.

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Por qué no existen buenas películas sobre tenis

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Los cinéfilos están de acuerdo: no existen películas buenas sobre tenis. Tienen problemas de verosimilitud (ningún actor resulta convincente como tenista), de moraleja social (no hay tenistas pobres a los que el gran público pueda apoyar por instinto, el tenis enfrenta a un tipo rico contra otro tipo aún más rico) y de estructura narrativa: el partido no puede funcionar como relato porque cada raquetazo es un clímax, cada bola es un giro de guion y el tenis se parece más a una batalla naval que a una competición deportiva.

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El día que el terror saltó a la pista: el apuntalamiento de Monica Seles

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Los cuartos de final del Abierto de Alemania, celebrado hace ahora 25 años, no deberían haber pasado a la historia. Se trataba de un escalón previo a Roland Garros y Monica Seles (Novi Sad, Serbia, 1973), la tenista que llevaba 178 semanas en el número 1 del mundo, iba ganando a la búlgara Magdalena Maleeva por 6-4 y 4-3. Su victoria parecía un trámite sin contratiempos hasta que el partido se convirtió en un relato de terror: durante un descanso, Seles fue apuñalada en la espalda.

Ante el desconcierto y el horror de los 7.000 espectadores presentes, la tenista se levantó, se llevó la mano al hombro, dio varios pasos y se desplomó en la arcilla. Su oponente, Maleeva, lloraba mientras aún sostenía su botella de agua. Los testigos aseguraron que el agresor iba borracho, algunos especularon con motivaciones políticas (Seles pertenecía a una minoría húngara de Serbia, en plena guerra con Yugoslavia, y llevaba dos años recibiendo amenazas por carta). Pero aquel lunático tenía un solo objetivo: neutralizar a Seles para que su ídolo, Steffi Graf, volviese a ser la mejor tenista del mundo.

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Cómo Tony Scott cambió la forma de rodar en Hollywood

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En la secuencia inicial de El ansia, David Bowie y Catherine Deneuve deambulan por una discoteca mientras la banda británica Bauhaus no acompaña, sino que atraviesa la escena con Bela Lugosi’s Dead (“Bela Lugosi está muerto”, Lugosi fue el Drácula más popular del primer cine de terror). Bowie y Deneuve tardanaproximadamente 15 segundos en ligarse a dos incautos, porque nadie en esa discoteca (ni en la galaxia) le diría que no a David Bowie y Catherine Deneuve. Ya en su mansión, cada uno se lleva a su ligue a una estancia, se enrolla con él y lo degüella. Estos dos vampiros fuman sin parar, visten americanas con hombreras, tienen pelazo y llevan gafas de sol fabulosas.El ansia no pretende que sintamos terror hacia los monstruos ni que nos identifiquemos con sus víctimas, sino que deseemos ser los vampiros y molar tanto como ellos. Es una película de vampiros aspiracional, porque lo que hace El ansia es venderte un producto y el espectador lo compra no volviéndose vampiro, sino volviéndose momentáneamente bisexual.

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Álex Pina, el hombre que ha fabricado todas tus series españolas favoritas

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Su último capítulo se emitió hace cinco meses en Antena 3 y La casa de papel ya es una de las series españolas más famosas. Netflix, la plataforma digital de contenidos que opera en todo el mundo, ha comunicado que se trata de la serie de habla no inglesa más vista de su catálogo. El edificio del CSIC (que hace las veces de la Casa de la Moneda y Timbre donde los protagonistas ejecutan un atraco) está asediada por turistas extranjeros que quieren hacerse fotos en ella. El exalcalde de Ankara (Turquía), Melih Gökçek, ha pedido a los servicios secretos y a la policía que intervengan en la emisión de una serie que “se está convirtiendo en un símbolo de rebeldía muy peligroso”. Los aficionados del equipo de fútbol de Arabia Saudi Al Ittihad desplegaron una pancarta con la cara del entrenador y varios jugadores enmascarados con la careta de Dalí que llevan los personajes de la serie. Esa ya icónica máscara aparece en manifestaciones en Argentina, en billetes diseñados por artistas-protesta en Uruguay y en lonas promocionales de Netflix (que acaba de anunciar que producirá la tercera temporada) alrededor de todo el planeta.

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Madonna vs el Vaticano: crónica de tres excomuniones

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El 27 de mayo de 1990, varios agentes de policía se acercaron al SkyDome de Toronto (Canadá) para advertirle a Madonna que si volvía a simular una masturbación durante Like A Virgin ante 80.251 personas (aquella era su tercera noche consecutiva llenando ese estadio) sería arrestada por escándalo público. No hace falta aclarar que la reacción de Madonna fue masturbarse con más empeño que en sus dos actuaciones anteriores. Porque ella no le tenía miedo a nada excepto a pasar desapercibida: en aquel momento, Madonna era la mujer más famosa, más exitosa y más controvertida del planeta y su nombre, que durante siglos había sido usado para referirse a la Virgen María, ya solo le pertenecía a ella. Al fin y al cabo, venía de vencer a la Iglesia Católica, ¿por qué iba a doblegarse ante un par de amables policías canadienses?

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Los 7 tipos de películas que aprendimos a disfrutar con nuestras madres

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No hay espectador más honesto que una señora de mediana edad. Ellas no tienen que demostrar nada a nadie, ni justificar por qué le gusta una película. Tampoco tienen tiempo para perderlo viendo “obras imprescindibles de la historia del cine”, sino que ven lo que les da la gana. Las señoras son un público que se mueve por puro instinto: o les gusta o no les gusta, sin importarles en absoluto qué dicen de ellas sus elecciones.

Además, criar a varios hijos y sacar adelante una familia les ha dado la capacidad de seguir el argumento de una película sin haberla visto empezar ni terminar. Incluso son capaces de ver dos telefilmsparalelamente saltando a uno durante la pausa publicitaria de otro. Salir de nuestra burbuja social y hablar de cine con nuestras madres puede ser un verdadero placer y abrirnos los ojos: al final todo se reduce a si una película está bien hecha o no, a si nos engaña como espectadores o si es honesta en sus intenciones desde el principio.

Todas estas películas son predecibles de un modo tan reconfortante como volver a casa por Navidad, con sólidas normas de entretenimiento y ante todo respetuosas con su público, porque no se creen más listas que él. Al contrario, son películas generosas con el espectador porque nos dan información que sólo sabemos nosotros desde el principio. Y encima no dejan de pasar cosas, garantizando dos horas trepidantes a un giro argumental por minuto.

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