Entrevista: Denzel Washington

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Existe un cliché en Hollywood que dice que las estrellas se diferencian del resto de seres humanos porque, cuando entran en una habitación, se adueñan de ella. Esta es una característica que no se puede explicar pero sí sentir cuando uno comparte espacio con “una estrella”: lo ocupa de forma distinta, como si fuera suyo y tuviese la deferencia de compartirlo contigo. Lo que Denzel Washington, que viste traje oscuro con camiseta oscura y cuya cara, energía y actitud parecen la de un tipo la mitad de joven (tiene 63 años), ha venido a vender es Equalizer 2. Pero inevitablemente, en la transacción acaba erigiéndose él mismo como el producto. Para adueñarse de la habitación tal y como le corresponde a una estrella que está encantada de llevar siéndolo tres décadas, Washington opta por la estrategia de adueñarse de la conversación.

Su herramienta es un semblante serio, medio desconfiado y medio confundido, que periódicamente desarma cambiándolo por una sonrisa abrumadora. Esa sonrisa que cualquier espectador que haya visto una sola película suya puede recrear en su cerebro: satisfecha, plena y amable en cuanto a que su objetivo primordial es incluirte en su discurso (ya sea para convencerte de lo que está explicando o para distraerte porque no te está respondiendo a tu pregunta). Esa sonrisa de triunfador encantado de conocerse y encantado de conocerte, que ha desayunado bien y que lleva décadas sin tener que preocuparse de hacer el desayuno. Esa sonrisa profesional, mecanizada y calculada que contribuyó a su estrellato masivo (pocos actores garantizan tanto como él que, si tus padres pillan una película suya por televisión, van a quedarse a verla hasta el final) y que sin embargo parece auténtica. Al fin y al cabo, Denzel Washington, el hombre, y Denzel Washington, la estrella, son lo mismo. Él, desde luego, no tiene ninguna intención de distinguirlos.

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Jonathan Demme, el hombre que cambió el mundo con una película

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En 1992, Jonathan Demme tenía Hollywood a sus pies. Tras hacer historia con El silencio de los corderos (la tercera película en lograr los cinco Oscars principales: película, director, actor, actriz y guión), tenía a su disposición todos los proyectos que quisiera. Demme se decantó por Philadelphia. La primera película producida por un gran estudio sobre el sida, la enfermedad que aterrorizaba al mundo entero.

Un par de años antes, Compañeros inseparables (un drama independiente sobre cómo el virus diezmó la comunidad homosexual) había intentado sin éxito fichar a alguna estrella para lograr repercusión. Todos dijeron que no. Ningún actor de primera fila quería ver su nombre, su cara y su cuerpo asociados a una enfermedad que provocaba temor, paranoia y repulsión colectiva. Al aceptar dirigir Philadelphia, Jonathan Demme convirtió automáticamente la película en una de los más prestigiosas del año.

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Las 10 mejores películas de Denzel Washington, y sus 5 épicos fracasos

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“De joven no me planteaba ser actor, porque no había tíos como yo en las películas”. Denzel Washington (Nueva York, 62 años, los mejor llevados de todo Hollywood) creció sin ídolos negros en los que mirarse (con la excepción hecha de Sidney Poitier), así que decidió convertirse él mismo en ese líder. Lleva 30 años a la cabeza del pelotón, abriendo camino para los que vengan detrás. Ha derribado barreras raciales, prejuicios y tópicos como más le gusta a Hollywood: haciendo dinero.

Su trayectoria equilibra como pocas el prestigio y el éxito comercial. Y nunca ha triunfado ni por ser negro ni a pesar de ello. Denzel Washington está en la cima porque es un actor inmenso. Nada más, y nada menos.

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