¿Por qué hemos acabado viviendo el ‘El show de Truman’?

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Truman Burbank es el protagonista involuntario e inconsciente del programa de televisión más popular del planeta. El show de Truman (el programa) retransmite su vida 24 horas al día, 7 días a la semana sin su conocimiento ni, por tanto, su consentimiento: él no sabe que su vida está producida, grabada desde miles de cámaras -colocadas en colgantes, sacapuntas eléctricos o el panel de su coche- y protagonizada por actores que se comportan como cariñosas telepromociones humanas. El show de Truman (la película) retrata el despertar emocional, intelectual y, en última instancia, existencial de Truman al descubrir que su propia vida ha sido una pantomima.

En una escena de la película Truman habla con el espejo de su baño, dibuja un traje de astronauta en él y se concede una fantasía interestelar en el planeta Trumania antes de salir a desayunar. Los realizadores del programa están inquietos. ¿Se ha caído Truman del guindo? ¿Se ha dado cuenta de que le estamos mirando y está hablándole a la audiencia? ¿Por qué demonios iba a posar en un lugar tan íntimo como el baño?

Veinte años después, millones de seres humanos se han hecho una foto en su baño. Al fin y al cabo, es el lugar de la casa donde la luz es más favorecedora y el único donde aparecer semidesnudo puede parecer una casualidad. Cuando se estrenó la película en 1998, generó una reflexión social en torno a quién querría ver la vida cotidiana de una persona y quién querría exponer su vida ante millones de desconocidos. La respuesta, en ambos casos, ha resultado ser “todo el mundo”.

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Cómo me fui convirtiendo en un personaje de Wes Anderson mientras le entrevistaba

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Ha viajado desde Berlín hasta Madrid en una furgoneta junto a sus coguionistas, Jason Schwartzman y Roman Coppola (sobrino e hijo de Francis Ford Coppola y primos de Nicolas Cage). Las películas y, aunque él no lo diga, la vida del director Wes Anderson (Houston, 1969) tienen según él unos cinco grados de inclinación respecto a nuestra realidad: pone a personajes realistas en situaciones surrealistas.

Su cine (con películas como Academia RushmoreViaje a DarjeelingLife aquaticEl gran hotel Budapest) ha influido en la publicidad (él mismo ha hecho campañas para Prada, American Express o Stella Artois), en la decoración de tu salón y, por encima de todo, en Instagram. La simetría, los colores pastel y la textura de diorama forjan un universo -alerta: topicazo- sacado de un sueño en el que -defcon tres de topicazos- dan ganas de quedarse a vivir. Rodada con marionetas y maquetas, su nueva película, Isla de perros (estreno, 20 de abril), le dio el premio al mejor director en el festival de Berlín y se erige como su fábula más social (y socialista): todos los perros de Japón son desterrados a un vertedero de basura en medio del océano.

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Selena Gomez: se rompe la princesa más observada del planeta

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Cuando Selena Gomez salió de rehabilitación en 2011 rompió con todo: abandonó la casa de su madre, despidió a su agente, cambió de compañía discográfica y lo dejó con su novio, Justin Bieber. Era un volver a empezar. Borrón y cuenta nueva. Lo de antes no sirve, hay que construir algo nuevo. Tenía 19 años y no quería convertirse en una nueva adolescente devorada en las fauces de la  glotona industria del pop superventas. Aquella vez ingresó aduciendo “agotamiento físico”. Cinco años después, Selena está de nuevo asfixiada. Acaba de cancelar su gira sin eufemismos: sufre agotamiento, ansiedad y ataques de pánico. Parte de este diagnóstico está causado por la quimioterapia a la que se somete para combatir la enfermedad crónica de lupus.

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