Ranking: los personajes de ‘La Bella y la Bestia’, ordenados por crueldad

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¿Estamos abusando de la nostalgia?

En una conversación de Trainspotting 2, Sick Boy (Johnny Lee Miller) le reprocha a Renton (Ewan McGregor) que se comporte como “un turista de tu propia juventud”. Resulta curioso que el guión verbalice la obstinación de Renton por aferrarse y revivir su pasado, mientras la película lo explota sin pudor. No hay ni una sola escena en Trainspotting 2 que no incluya un guiño, un plano o una canción sacados de la primera parte. No se trata, por tanto, de una película. Es una actualización. Una puesta a punto. Evocar el pasado es un ejercicio sano y entrañable, sobre todo si nos sirve para apreciar el presente. Pero la propuesta de Trainspotting 2 no se conforma con conmemorar la original, sino que abusa de ella. Sabe qué teclas tocar (las de una melodía reconocible), y se queda a vivir en el pasado. Una filosofía que define perfectamente la textura de la cultura popular actual.

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Razones para pensar que la nueva ‘La bella y la bestia’ puede ser desastrosa

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Los que crecimos con La sirenita, Aladdin, La bella y la bestia yEl rey león no fuimos del todo conscientes de la revolución cultural que supusieron, porque para nosotros parecía normal que Disney estrenase un fenómeno social cada año. Sin embargo, aquellas películas constituyeron una resurrección sin precedentes para la compañía tras dos décadas de fracasos y películas que nadie quería hacer –Tod y Toby– y, desde luego, nadie quiso ver –Tarón y el caldero mágico–. Los principales responsables de este espléndido apogeo artístico de Disney durante los años 90 fueron el compositor Alan Menken, el letrista y guionista Howard Ashman y, por supuesto,  Jeffrey Katzenberg, presidente de la división de animación.

Katzenberg es famoso por ser una de las peores personas de Hollywood, pero también un visionario con una sensibilidad comercial única. Solía repetir dos máximas a su equipo de artistas. La primera, que había que actualizar los conflictos de las películas Disney –sin perder de vista nunca el matrimonio como máxima aspiración–, para que resultasen reconocibles por el público joven. Así surgieron el despertar sexual de Ariel, la inadaptación social de Bella o el clasismo de Aladdín.

La segunda moción era que Disney debía llevar la animación hasta lugares donde la imaginación del ser humano no había llegado antes, beneficiándose de la ausencia de límites visuales y creando extravagantes montajes musicales que, de rodarse en imagen real, costarían 500 millones de dólares. Gracias a este anhelo por aprovechar las infinitas posibilidades de la animación, disfrutamos de números tan asombrosos y excesivos como Bajo del mar, Qué festín o cualquier aparición del Genio en Aladdin. Aquellos montajes eran tan imaginativos y apabullantes que reproducirlos en imagen real sería inconcebible. Hasta ahora.

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