Por qué ‘El guardaespaldas’ es mucho más transgresora de lo que parece

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–¿Estarías dispuesto a morir por mí?
–Es mi trabajo
.
–¿Y por qué?
–Porque no sé cantar.

El guilty pleasure, o placer culpable, es un término intrínseco a nuestra generación. Se popularizó en 1981 cuando la distribuidora de Queridísima mamá (el involuntariamente cómico biopic de Joan Crawford orquestado a mayor gloria de Faye Dunaway) se dio cuenta de que la película atraería a más espectadores si la campaña promocional les prometía que “es tan mala que se vuelve buena”. Desde entonces, la cultura popular ha asimilado el concepto de guilty pleasure para justificar aquellas películas, canciones o programas de televisión que nos da cierta vergüenza reconocer que nos encantan. En la música está habitualmente asociado a canciones pop que se pegan como un chicle; en la televisión, a programas sensacionalistas de los cuales no podemos apartar la mirada como si fuesen un accidente de tren; en el cine, a las películas para mujeres.

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Este documental nos enseña a la Whitney Houston que no nos dejaron conocer

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En 2009, Whitney Houston le explicó a Oprah Winfrey cómo liarse un nevadito. “Mira coges un papelillo, le pones tabaco, marihuana y añades cocaína. Humedeces el borde con la lengua, lo enrollas y te lo fumas” explicó la cantante concentrándose en su tutorial y sonriendo al acabar. Oprah a continuación hizo una pregunta en nombre del pueblo (ella siempre habla en nombre del pueblo): “mucha gente no te ha perdonado que destrozases así tu voz, ese regalo de Dios”. Esa reflexión encierra un sentimiento colectivo de autoridad del público hacia sus ídolos, una certeza de que la voz de Whitney, su talento y su propia existencia no le pertenecían a ella, sino al público. Y ese público adoró a Whitney de forma selectiva: no idolatraban a la mujer, sino al personaje de ficción creado por la industria musical. Un personaje que en realidad nunca existió. Ahora el documental Can I Be Me? retrata a la verdadera Whitney Houston, un ser humano al que nadie quiso conocer.

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‘El guardaespaldas’ es mejor película de lo que dicen

bodyguard

“Me encanta esta película, aunque reconozco que es mala…” es una frase habitual en cualquier conversación sobre cine. Una incoherente forma de menospreciar nuestro propio gusto: si nos encanta, algo bueno tendrá, ¿no? Es una frase que anticipa el ataque, una frase que sugiere años de haber defendido la película y ser hasta ridiculizado por disfrutar con ella. Por eso algunos espectadores sienten la necesidad de justificarse.

Pedir disculpas porque disfrutamos con una película que mucha gente cree que es mala (el condescendiente término anglosajón guilty pleasure)está asociado habitualmente a las películas protagonizadas por mujeres.Este artículo no es un debate sobre el rol de la mujer como espectadora de cine, pero no nos engañemos: ningún hombre dirá jamás “me flipa La junga de cristal, aunque sé que es mala”.

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Cualquiera puede ser actor

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Una de mis mentiras de Hollywood favoritas es “quiero explorar otras facetas artísticas”. No os imagináis lo feliz que seré el día que una estrella diga “me he metido a actriz porque mi ego es tan grande que necesito que me admire más gente o me suicidaré”. Probablemente nunca suceda. Y si alguien lo hace, será alguna moderna que cree que es superior al resto de seres humanos y que está por encima de Hollywood. Y sí, me estoy refiriendo a Zooey Deschanel.

Es fascinante cómo los cantantes siguen creyendo que el mundo les debe una carrera cinematográfica, a pesar de que la estadística nos dice que en el 60% de los casos esa decisióndestruirá su carrera. Las estrellas viven en una burbuja, dentro de la cual todo el mundo les dice que son seres humanos extraordinarios y que son capaces de todo. Por otra parte, existe la creencia popular de que actuar es muy fácil: te pones delante de una cámara y hablas. Como en la boda de tu prima.

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